SEGUNDA DE TRES PARTES

TImperios. ¿eres una de sus víctimas?

A los 19 años, Elizabeth Holmes tuvo la idea de construir un laboratorio clínico completo en una máquina no más grande que una impresora láser, concebida para incorporar en sus nano sistemas los elementos, necesarios para realizar análisis sanguíneos, capaces de detectar cáncer, diabetes y altos niveles de colesterol, entre más de dos centenares de enfermedades, que prometían cambiar la historia del sistema de salud y la medicina preventiva.

De niños, nuestra peor pesadilla era Mama Rafas, una viejita que sólo salía de su casa por una razón: inyectar algún afligido enfermo pues para esos días era la única que, habiendo sido enfermera en su juventud, sabía aplicar inyecciones. Lo temible de la anciana eras su carácter inmisericorde: llegaba con su estuche de metal donde guardaba el arma que amedrentaba a los más bragados del pueblo de Iztapalapa, untaba alcohol en la zona de la inyección y con horrible parsimonia enterraba la aguja despacito, lento, que es como más duele. Nunca le vi el rostro, pero estoy seguro que lo disfrutaba. No obstante, nunca nadie se quejó de quedarse con un moretón o una hinchazón que disminuir con hielo.

Un tremendo dolor de cálculos renales desterró el miedo a las inyecciones para siempre. ¿Qué importaban las inyecciones diarias de neomelubrina, cuando se soporta ese malestar que equivale a una patada ilegal de foul en la lucha libre y se tiene un dolor que ni acostado, sentado o parado se puede aliviar?

Elizabeth Anne Holmes.

El diseño de la máquina del tiempo

Para Elizabeth Holmes, el mismo miedo a las agujas la llevó a idear una manera que quiso revolucionar el sistema de salud, en su conjunto. De niña, aceptó, le aterrorizaba que le extrajeran sangre del brazo, y tal vez desde entonces comenzó a fraguar su historia dentro de la transformación tecnológica que en estos tiempos experimenta el mundo. Y aunque a la edad suficiente deseaba seguir la carrera de cirujano de su bisabuelo Christian Holmes, su pavor a las agujas le impidió acercarse siguiera a un bisturí y optó por tomar las pipetas y los matraces.

Elizabeth Anne Holmes nació en Washington D.C, un día de febrero de 1984, en el seno de una familia de clase media alta estadounidense, ligada a miembros de la alta política de ese país. Desde los 7 años su espíritu inventivo le llevó a percatarse de la gran utilidad que tendría crear una máquina del tiempo, para lo cual tan sólo se requiere tener voluntad y pasión, y las ideas fructificarán hacia todas direcciones. Para demostrar la factibilidad de este prodigioso proyecto, llenó un cuaderno de detallados dibujos que mostraban la manera y los mecanismos que harían realidad el plan, al mismo tiempo que jugaba Monopoly con su hermano y primo, que sólo terminaba si se hacía de las más rentables propiedades.

Así no es de extrañar que a los 9 años anunciara a la familia su intención de convertirse en billonaria (en términos estadounidenses), en cuanto llegara a la mayoría de edad, Con el tiempo, Holmes pasó de ser una niña precoz a una ambiciosa y brillante joven de refulgentes ojos azules, que abandonó la carrera de ingeniería química en la muy prestigiada Universidad de Stanford, cuando se dio cuenta de un poder innato que le bastó para que la comunidad universitaria se le rindiera, la encaramara en la presidencia escolar y le prodigara una remuneración de $3,000 dólares para emprender proyectos de investigación.

Maldiciones en Tiempo Real

Hacia el segundo año de sus estudios superiores, y sin haber cumplido aún los 20, Holmes visitó a varios de sus mentores para exponerles la idea más genial jamás concebida. Y aunque la inmensa mayoría la rechazó por su muy probable imposibilidad, no cejó su empeño hasta encontrar al profesor emérito Channing Robertson, a quien sin mediar plática le dijo a botepronto: “Empecemos una compañía”.

El profesor emérito Channing Robertson.

Hipnotizado por esos ojos fulgurantes repletos de ambición, decisión y profunda inteligencia, Robertson sucumbió y también renunció a la cátedra y al Departamento de Ciencias que entonces lideraba, y se unió a una odisea llamada Real-Time Cures.

Es parte de la leyenda que debido a un error, los cheques que se emitieron inicialmente podrían considerarse una fatal premonición, pues decían Real-Time Curses, lo que en buen español significa “Maldiciones en Tiempo Real”.

La idea de Holmes era construir un laboratorio clínico completo en una máquina no más grande que una impresora láser, concebida para incorporar en sus nano sistemas los elementos, los reactivos y las sustancias químicas necesarios para realizar análisis sanguíneos, habilitada para detectar condiciones médicas como cáncer, diabetes y altos niveles de colesterol, entre más de dos centenares de enfermedades.

The Edison.

Elizabeth llamó a esa portentosa máquina El Edison, la cual prometía no sólo diagnosticar los males vigentes y predecir los que aguardaban en el futuro de las personas, sino abaratar a menos de 10 dólares análisis que en el mercado de los ambiciosos laboratorios pueden costar cientos de billetes verdes, con la extracción de tan sólo una pequeña gota obtenida de un pinchazo en el dedo, y que alojaba para su procesamiento en un pequeño frasco al que denominó nanotainer.

Esquilmando mamuts

La nueva empresaria entonces anticipó la desaparición de los flebotomistas y de paso destruir el monopolio de los laboratorios Quest Diagnostics y Labcorp, que a su parecer medraban con la necesidad de las personas, pues Edison podría ser parte de cualquier habitáculo en casa, a un precio asequible y con resultados inmediatos, precisos y con la frecuencia necesaria para mantener a raya los padecimientos.

Entrada en esta vorágine tecnológica, Holmes se presentó en la oficina de patentes, llenó el formato para registrar el gadget “Medical device for analyte monitoring drug delivery”, cuyo papel en esta trama sería administrar medicamento, monitorear la sangre de los pacientes y ajustar las dosis a los requerimientos de cada tratamiento dentro del mismo dispositivo.

Para concretar sus planes y financiar su grandioso proyecto, Holmes dejó atrás la reunión de talento técnico y científico, y entonces se enfocó en el rubro financiero. Muy probablemente para entonces sabía que engrosando la voz y vistiendo totalmente de negro, con sendos cuellos de tortuga, como lo hacía su ídolo Steve Jobs, los fondos de inversión fluirían a torrentes; incluso los de personajes con largos colmillos de elefante, como Larry Ellison, fundador de Oracle, Avie Tevanian , ex director de Apple, y Tim Draper, creador de la firma Draper Fisher Jurvetson. Prácticamente sin despeinar su rubio cabello, Elizabeth consiguió más de $700 millones de dólares para comenzar su aventura.

Mejor aún, el poder hipnótico de esos ojos que no parpadeaban ni una sola vez, se extendió al ámbito político y sin más Holmes formó un consejo de asesores con colmillos más retorcidos que los de un mamut, compuesto por regios veteranos de la política estadounidense de la talla de Samuel Nunn, William Perry, Henry Kissinger y George Shultz, quienes no tenían sino halagos para la cada día más prominente empresaria.

George Shultz (izq.) con el expresidente Ronald Reagan.

La diosa billonaria

Reunidos todos estos importantísimos y vitales ingredientes, tan sólo restaba un único, pero gran pendiente: lograr que la máquina funcionara.

Poco más de una década después de su aparición, Theranos se mudo al espacio de la innovación conocido como Stanford Research Park, en Palo Alto, y hacia 2014 la startup unicornio y su accionista mayoritaria se habían colocado en lo que en las escuelas de negocios llaman la “cima del mundo”: Theranos era considerada una compañía revolucionaria, desarrollada por una joven mujer elevada a la categoría de genio y diosa, como la versión femenina de su viejo ídolo, el finado Jobs.

El Valle del Silicio era la sede de una firma que a la vuelta de 11 años se había convertido en parte del club de las milmillonarias, un valor que alcanzaba los $9 mil millones de dólares, y a su dueña en la primera billonaria en el mundo que había edificado su fortuna por sí misma, que le agenció estelares apariciones en el mundo de los negocios… pero que curiosamente lo había logrado sin una sola venta registrada, ups.

Guardaespaldas en el baño

Previendo lo que podría venir, Holmes se había asegurado de imponer una clausula en el contrato de sus inversores acerca de la imposibilidad de revelarles la manera cómo funcionaba la tecnología de Theranos y de adjudicarse la última palabra con respecto a la ruta que debía seguir la compañía, es decir, la toma de las decisiones críticas.

La obsesión casi enfermiza de mantener en reserva todo asunto relacionado con la máquina que llevaba el apellido materno del “Mago de Menlo Park”, sus logros y adelantos, no desataron las dudas entre los involucrados. La revolución en materia de salud, ellos mismos aceptaban, justificaba el carácter ultrasecreto de los avances.

Holmes era una CEO altamente demandante y hacía que su asistente rastreara todos los días la llegada y la salida de sus trabajadores. En el interior de las paredes de los cuarteles generales de Theranos, nadie interno podía referirse a la empresa, y mucho menos cuestionarla, pues de inmediato era llevado a la Corte, bajo la acusación de revelar y hacer mal uso de sus secretos comerciales, para lo que contrató al más temible de los abogados de ese país, David Boies, quien había representado al gobierno estadounidense en contra de Microsoft por sus prácticas monopólicas.

Hacia el ámbito externo tampoco había privilegios, y la CEO exigía a todas las personas que acudían a la compañía firmar un acuerdo de confidencialidad antes de entrar al edificio, y hacía sentir que el asunto iba en serio apostando guardias de seguridad que acompañaban a los visitantes a todos lados, incluso al baño. Para mayor intimidación, la dueña de la firma se rodeó de un pequeño tumulto de guardaespaldas y blindó las ventanas de su oficina, como si fuera una jefa de estado.

Edison en cada hogar estadounidense

No obstante su misteriosos proceder, muy pronto Elizabeth Anne Holmes, con una fortuna personal estimada en $4.5 mil millones de dólares.se transformó en una celebridad y figura mediática, lo mismo aclamada en el mundo de las TI que su rostro de portada de las revistas de negocios más prestigiadas del orbe como Fortune y Forbes, y hasta fue designada la Mujer del año por otras más orientadas a la socialité, como Glamour, y participó en reuniones del más alto nivel con líderes globales del calibre de Barack Obama, Bill Clinton, Jack Ma de Alibaba o la ex presidenta de Brasil, Dilma Rousseff.

En 2013 Walgreens, la segunda cadena de farmacias más grande de Estados Unidos, fue más lejos e hizo un trato para abrir Theranos Testing Centers en sus tiendas. En 2015, el estado de Arizona comenzó a permitir que los pacientes se hicieran análisis de sangre sin que lo tuviera que solicitar un médico. Para entonces la treintañera Elizabeth ya no salía a buscar socios sino ellos llegaban con ofrecimientos francamente ineludibles, como los de Capital Blue Cross y Cleveland Clinic, que deseaban exámenes para sus pacientes. Pronto, se cumpliría el suelo de Holmes, y parafraseando a Bill Gates, habría un Edison en cada hogar de Estados Unidos.

La verdad salta las paredes

Si desde fuera todo caminaba casi a la perfección dentro de la compañía las interrogantes comenzaron a brotar, a pesar de que los empleados encargados del desarrollo no podían hablar de su trabajo entre ellos y mucho menos intercambiar información. Ian Gibbons, científico jefe en Theranos y uno de los primeros empleados de la compañía, se cansó de encubrir una tecnología que daba cada día más pruebas de su improbabilidad y advirtió a Holmes sobre las fallas en la que los exámenes no estaban listos para salir al mercado. Su osadía le costó ser apartado de la empresa y se suicidó.

Los rumores que brincaban las selladas paredes de la sede central de Theranos llamaron la atención de la FDA (Administración de Alimentos y Medicamentos, por sus siglas en inglés), que hacia la segunda mitad de 2015 comenzó a investigar, y cuyos encargados de supervisar laboratorios, encontraron “graves fallas” en los exámenes que Theranos estaba realizando a los pacientes.

John Carreyrou.

El reportero John Carreyrou del Wall Street Journal, tras una exhaustiva investigación, descubrió que Edison era una farsa total y que su utilidad era virtualmente nula, tan es así que los tomadores de muestras de sangre en sitio, eran obligados, sí a recoger una gota de sangre del dedo en los nanotainers, pero en la misma sesión y con engaños, a instar a la gente a dejarse extraer sangre por la vía intravenosa habitual mediante una aguja hipodérmica insertada en el brazo.

El punto fundamental era que la máquina para examinar sangre era absolutamente incapaz de ofrecer datos precisos, con lo cual Holmes ordeno adquirir las mismas máquinas que emplean los laboratorios clínicos tradicionales para dar certeza a los exámenes sanguíneos, y atribuirlos a su fallido artefacto.

Estrella fugaz en juicio

A pesar de múltiples desmentidos emitidos por la CEO de Theranos en televisión nacional, el reportaje de Carreyrou publicado en octubre de 2015 provocó la estrepitosa caída de la compañía, que de bordear un valor de $10 mil millones de dólares en un santiamén se volvió cero.

Al cabo, a la estrella fugaz de los negocios de la salud se le prohibió la entrada a la industria de los laboratorios por dos años, en tanto en marzo de 2018 Theranos, Holmes y su compinche Ramesh “Sunny” Balwani (a quien había colocado en la presidencia de la empresa) fueron acusados por el Departamento de Justicia de “fraude masivo y conspiración”, con lo cual no tuvieron más remedio que ceder el control financiero de la compañía, pagar una multa de $500 mil dólares y entregar 18.9 millones en acciones.

La caída no acabó ahí: en junio de 2018 Holmes fue destituida de su cargo y para septiembre no quedó más remedio que anunciar el cierre de la compañía, no sin pagar deudas de sus acreedores con los recursos que aún quedaban.

El rostro de la debacle.

Un juez del estado de California anunció un juicio federal contra ambos personajes que iba a iniciar en agosto de este año, pero la suerte de la pandemia retrasó las sesiones. Por lo pronto, y luego de quedar en la ruina, Elizabeth se casó con un heredero multimillonario, dicen que en previsión de cuantiosos gastos que podrían venir, y peor aún, desembocar en una pena de hasta 20 años en reclusión, según afirman diversos especialistas.

Continuará…

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